A veces, lo enseña y exclama, "no te preocupes por este tema que nos enfrenta, porque todo esto está ocurriendo en este puntito de aquí", enfatiza ante el mapa, que le recuerda, como la Astrofísica, "lo insignificantes que somos".
Pese a que aún sigue leyendo sobre "la ciencia más bonita", seis meses antes de acabar la carrera, O’Curneen Cañas —nacido hace casi 39 años a las afueras de Washington de padre irlandés y madre española— entendió que no quería ser científico porque le "interesaba demasiado la sociedad", y decidió que el Periodismo, posiblemente político, era su camino, aunque, por su formación, después de algunos pinitos en la prensa francesa e incluso en este diario (estuvo de prácticas en los 90) acabara haciendo documentales sobre planetas para la BBC en Londres. Allí, en plena explosión de la Tercera Vía y con el entusiasmo del primer Blair, le tentó el proyecto de reconstruir la Alcaldía londinense que Margaret Thatcher había desmantelado.
Como quería ver la política "del otro lado", se ofreció para formar parte del equipo de prensa de la Autoridad del Gran Londres justo antes de que fuera elegido como alcalde Ken Livingstone, europeísta con ganas de relacionar su ciudad con París, Nueva York o Madrid, una misión en la que O’Curneen, por su vida, su profesión y sus idiomas, encajaba a la perfección.
Entonces era sólo un funcionario, pero sus charlas con un miembro de la Asamblea de Londres, Graham Tope, le convencieron a afiliarse a los liberales británicos.
En 2004, el partido le ofreció una plaza que quedaba libre en Bruselas, en el Comité de las Regiones, institución casi desconocida, como reconoce O’Curneen, pero donde, en realidad, se trabaja de manera intensa. Dos tercios de la legislación comunitaria, insiste él, se aplica a nivel local.
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